Cultura. Agua Y CIANURO

 Cultura.           Agua Y CIANURO


Por Alejandro González Dago

Primero murió él. Y es probable que estuviera bien que fuera así el orden cronológico de las partidas.
Después murió ella, veinte meses más tarde. Y es probable que estuviera bien que fuera así porque hay veces en la vida que a la muerte, la soledad le tiene envidia.
Él se fue primero porque lo decidió primero porque siempre quiso ser primero en todas las cosas. Y cuando no podía se deprimía, se emborrachaba y consumía Hachís.
Ella se fue después porque enferma y deprimida, sin él, sin su olvido siquiera, en el último acto irónico de su vida eligió acompañarlo ya que la primera vez no se animó.
Él vivió tal vez la mejor parte de su vida en la selva Misionera, en estado de salvaje pureza intelectual, como su prosa. Pero fuera de la selva, el mundo era salvaje para él. No conocía límites. Su coraje carecía de estética.
Ella, que era feminista, cuando quería podía ser frontal o discreta. Hasta que miraba. Porque cuando Alfonsina miraba, su mirada rugía.

  • A que te doy un beso en la jeta…
  • Por favor Horacio, qué decís….
  • Digo que miro cómo me mirás y estoy seguro que te gusto. Digo: a que te doy un beso en la jeta delante de todos y a vos te gusta…
  • Comportate, Horacio. Hablá bien. Qué clase de maestro de escuela sos. Te lo pregunto como maestra rural.
  • Soy de los maestros que para enseñar no andan con vueltas y son claritos, que mierda. Por eso también quiero hacerte una pregunta directa: ¿Vos seguís escribiendo para el diario La Nación?
  • ¿Sí, por qué?
  • Porque me gusta mucho que como mujer pongás en vereda a otras mujeres.
  • Te equivocas Horacio, yo no pongo en vereda a otras mujeres. Yo escribo lo que siento y me parece. Y lo que siento y me parece es que muchas mujeres son unas caza-novio que no defienden sus derechos, mientras que los hombres son unos machistas que se arovechan de las estúpidas.
  • Me gustó eso que escribiste para La Nación en tu columna Cositas Sueltas. ¿Te acordás lo que escribiste sobre el día que algún día le llegará a las mujeres?
  • Si claro, cómo voy a olvidarlo: «Llegará un día en que las mujeres se atrevan a revelar su interior; ese día la moral sufrirá un vuelco; las costumbres cambiarán»
  • Hablas de la emancipación de la mujer?
  • Por supuesto. Algún día la mujer se liberará y hasta tendrá derecho a votar. La mujer es un ser pensante, aunque haya
    muchas que les convenga hacerse las estúpidas.
    Sin embargo ahora…, ahora…no quiero hablar de mujeres. Ahora yo quiero decirte a vos, Horacio Quiroga, que a mí también me gusta como escribís, por algo los amigos dicen que escribís mejor que Edgar Allan Poe. Me gustó mucho Los Cuentos de la Selva que escribiste para los chicos. Y aunque te hayan sacado el cuero por la manera en que lo escribiste, a mí me pareció una maravilla ese libro.
  • Qué cuento te gustó: ¿La abeja haragana? ¿Historia de dos cachorros de Coaty y dos cachorros de hombre? No ya sé, te gustó Las medias de los Flamencos…
  • Me gustaron todos, pero en especial El paso del Yaberí y El Loro Pelado.
  • Me vas a volver loco, Alfonsina, tu voz me excita. Acercate que quiero decirte unas cochinadas al oído y proponerte un trato. Escuchá: voy a robarte un beso delante de todos, y como te va a gustar, después poné blanditos los labios y devolveme el beso pero con lengua. El trato que te propongo es que nos besemos hasta que vos digas basta.
  • Me hacés reír, Horacio. ¿Vos estás borracho?
  • No del todo, Alfonsina; todavía no. He tomado pero no estoy tan borracho como para no saber lo que te estoy proponiendo porque me gustás mucho; me tenés loco. Quiero darte un beso en la jeta delante de todos.
  • Y… si no me gusta
  • Y si no te gusta me haces cagar. Me pegás una cachetada fuerte en la cara y después me mordés y me arrancás a pedazos las carnes sin piedad como hacen las hembras pecaríes en la selva misionera cuando rechazan al macho, pero el macho por ser macho no les hace nada…
  • Tenés que robarme el beso, Horacio. No me lo pidas porque no voy a dártelo. No tengo costumbre de andar besando delante de la gente. Todos saben que soy madre soltera y se agarran de ahí para hablar mal de mí. La que no me dice puta me dice lesbiana. Y no es que me importe, pero me molesta que a mi nombre lo pronuncien los mediocres. Si querés un beso mío, robamelo, ganátelo si sos capaz.
  • Claro que te lo voy a robar. Y te va a gustar. Y vas a besarme con lengua. Y vas a pedirme que vuelva a besarte. Y vas a pedirme que te levante la falda, te arranque los calzones con los dientes, te bese entre las piernas hasta que te desmayes y te haga el amor como un animal, aquí en el suelo, delante de todos, sin importar que nos miren porque para eso somos animales. Y mañana, vas a pedirme que te lo haga todos los días toda la vida, y que seamos animales…
    Es la tarde de un viernes de marzo de 1922 en casa del pintor Emilio Centurión, en el porteño barrio de Palermo.
    La escritora Norah Lange y su marido, Oliverio Girondo, han organizado una reunión privada para que sus amigos se liberen porque demasiado victorianos siguen siendo estos tiempos del flamante Siglo XX por más que se cumplieran ya dos décadas de la muerte de la reina Victoria de Inglaterra que también fuera emperatriz de la India. Y como la pacatería y los buenos modales disimulan con escrúpulos la verdadera moral pública, artistas e intelectuales no pueden andar por ahí mostrando la hilacha, mejor una fiesta privada donde ellos puedan lucir sus peores comportamientos y ellas sus piernas. Lejos de la gente y de la crítica las mujeres podrán fumar lo que quieran fumar como hacen los hombres, beber hasta emborracharse si les gusta, y, sobretodo, jugar juegos en parejas; y con prendas.
    Como en otras tantas reuniones privadas entre amigos, Benito Quinquela Martín, amigo y protector ad honorem de Alfonsina Storni, advierte a la concurrencia que si las cosas suben de tono y pasan a mayores él se retirará. Entonces Horacio Quiroga le pone la mano abierta en el pecho, lo desplaza, y toma la palabra: – Los conservadores que quieran retirarse como buenos cagones que son, que se vayan a la mierda, pero ya. Y ahora vamos a jugar con Alfonsina el juego del reloj.
    El juego del reloj consistía en balancear un reloj de bolsillo sostenido por la cadena. Con cada movimiento pendulante los presentes tenían que hacer hooooo. Cuando el reloj pasaba frente a las caras de la pareja que jugaba, uno de cada lado tenía que besar el reloj. El que primero se equivocara besando a destiempo perdía y pagaba prenda.
    Aquella vez, Horacio Quiroga sostuvo su reloj de bolsillo por la cadena y lo balanceó. Apenas el reloj pasó en frente de Alfonsina, lo quitó del medio, lo arrojó contra la pared, y la besó en la boca con un beso mojado y pastoso.
    La concurrencia miró en silencio.
    Algunos pocos dijeron hooooo…
    Los hombres lo miraron a él.
    Las mujeres la miraron a ella. Pero ellos no dejaron de besarse.
    Horacio Quiroga, excitado y erecto, besó a Alfonsina en el cuello, y ella, excitada y húmeda, se quitó la blusa y el corpiño y puso en la boca de Horacio de a uno por vez sus pezones.
    Después Horacio bajó. Con los dientes le arrancó los calzones. Desde abajo la miró sediento. Ella jadeando le devolvió la mirada, y le empujó la cabeza hacia su entrepiernas para que bebiera sus jugos.
    Benito Quinquela Martín, que era un hombre ordenado y sedentario, movió la cabeza en sentido de negación y se marchó pegando un portazo.
    Aquella tarde de 1922 nació un amor urgente, desesperado, y para toda la vida. Hasta hoy nadie ha podido con él. Ni siquiera ellos. Ni la distancia. Ni el tiempo. Ni la soledad. Ni el cianuro. Ni el agua. Y menos la muerte.
    Desde 1922 hasta 1925, Horacio Quiroga y Alfonsina Storni amanecieron mirándose a los ojos sin pestañar, oliéndose los olores y comiéndose las carnes y las almas, amándose sin límites, como nadie se había amado hasta entonces y como nadie pudo amarse jamás.
    Durante aquellos tres años, Horacio Silvestre Quiroga Forteza, poeta, dramaturgo, cuentista, maestro de escuela y maestro del cuento latinoamericano, de prosa naturalista y modernista, comparado a menudo con Edgar Allan Poe, nacido el 31 de diciembre de 1878 en Salto, Uruguay, fundador de la revista Salto, de la tertulia Los tres Mosqueteros y del grupo Anaconda, iniciado en las letras por Leopoldo Lugones a quien acompañó como fotógrafo a la selva de Misiones de dónde nunca quiso regresar, ni por un momento recordó las miserias vividas ni los miserables días de su vida. Su pasión por Alfonsina estaba por encima de la muerte que siempre le revoloteó la espalda. Sus peores recuerdos desaparecieron, y en todo ese tiempo no recordó que cuando tenía cinco años su padre se suicidó y que a los dieciocho su padrastro se pegó un tiro en la boca delante de él o cuando por accidente se le escapó un tiro y mató a su gran amigo Federico Ferrando. Alfonsina era su gloria, sus días, su musa, y la letra:
    “ Qué mayor dicha para dos enamorados
    que esa honrada consagración de un cariño libertado ya del vil egoísmo
    de un mutuo amor sin fin ninguno,
    y, lo que es peor para el amor mismo,
    sin esperanzas posibles de renovación?”

Alfonsina Storni, que había nacido el 29 de mayo de 1892 en un pequeño pueblo de la Suiza Italiana llamado Sala Capriasca, que vivió en la provincia de San Juan, en Rosario, y en Buenos Aires, que por la inestabilidad emocional de su padre Alfonso Storni a los once años abandonó sus estudios para ayudar a su madre que era modista, y en 1906 cuando murió su padre trabajó como aprendiza en una fábrica de gorras, que luego entró a la compañía de teatro del actor español José Tallaví pero retomó sus estudios y se recibió de maestra, que fue periodista, poeta, recitadora de poemas en los barrios más pobres de Buenos Aires y también subida a una mesa del Café Tortoni. Socialista, feminista, y madre soltera con un hombre casado y 24 años mayor que ella, que a pesar de las críticas despiadadas de otras mujeres que la veían masculinizada y casi como un muchachito enfrentó el cinismo y el machismo oligarca de los años veinte en la Argentina haciéndolo retroceder a fuerza de poemas y verdades, por primera vez en su vida se había enamorado.
-!!! Benito, suerte que te encuentro. Necesito hablar con vos, es urgente !!!.

  • Qué ocurre Alfonsina?
  • Benito, Horacio me ha pedido que me vaya con él a la selva de Misiones. Dice que allí viviremos en contacto con la naturaleza y que seremos felices. Necesito tu opinión de amigo, Benito. Por favor.
  • Con ese loco, borracho, y mal educado…? Ni se te ocurra Alfonsina. Te recuerdo que tenés un hijo, tenés trabajo en el diario La Nación y en Caras y Caretas nada menos, que estamos en 1925 y sos reconocida en todo el país y en otros países también y que llegar hasta acá te costó la vida.
  • Sí Benito, sí, pero yo lo amo. Es el amor de mi vida…él es mi vida
  • !!! Pero ese tipo está loco y te hará sufrir. Te digo que no podés ir a ninguna parte con un loco borracho que además consume Hachís…
    -Pero yo lo amo, Benito, vos no entendés, yo lo amo… No sé si podré vivir sin él. Lee lo que escribió:
    “Ella, joven, pálida,
    con una de esas profundas bellezas
    que más que en el rostro – aun bien hermoso –
    residen en la perfecta solidaridad de la mirada,
    en su boca, en su cuello, en su modo de entrecerrar los ojos,
    era sobre todo una belleza para hombres
    sin ser en lo más mínimo provocativa;
    y esto es precisamente lo que no entenderán nunca las mujeres.
    Antes de regresar a la selva misionera, en 1927 Horacio Quiroga se casó con María Bravo, quien un día lo abandonó monte adentro y regresó a Buenos Aires.
    Menos de diez años después, Horacio Quiroga se sintió enfermo, regresó a Buenos Aires y se internó en el Hospital Clínicas.
    El 19 de febrero de 1937 al mediodía, una junta médica le informó que tenía cáncer de próstata. A la tardecita, Horacio Quiroga pidió permiso para dar un paseo fuera del hospital. Pasó por una farmacia y compró cianuro. Cuando regresó al hospital mezcló el polvo en un vaso con agua y se quitó la vida.

Los que siempre dicen cosas dijeron que había dejado una carta para Alfonsina. Dicen que se la confió a su único confidente en el Hospital de Clínicas, un tal Vicente Batistessa, que era un paciente internado por sus horribles deformaciones causadas por una elefantiasis, una neuro-fibromatosis o el Síndrome de Proteus, a quien Horacio Quiroga había tomado como su amigo más fiel dedicándole horas de lectura por las noches.
La carta nunca fue encontrada. El deforme Vicente Batistessa murió sin decir una sola palabra.

Enterada de la muerte de Quiroga, Alfonsina Storni, a quien en 1935 le habían diagnosticado cáncer de mama y extirpado el seno derecho, cerró las puertas y las ventanas de su casa y no quiso hablar más con nadie. A la luz amarillenta de una lámpara recostada sólo tuvo ánimo para escribirle a él.
Morir como tú, Horacio, en tus cabales y así como en tus cuentos, no está mal;/
Un rayo a tiempo y se acabó la feria… / Allá dirán/
Más pudre el miedo, Horacio, que la muerte que a las espaldas va./
Bebiste bien, que luego sonreías…/Allá dirán.
No se vive en la selva impunemente, ni cara al Paraná.
Bien por tu mano firme, gran Horacio …
Allá dirán.
No hiere cada hora – queda escrito –
mata la hora final.
Unos minutos menos … ¿quién te acusa?
Allá dirán.

La mañana del 24 de octubre de 1938, Alfonsina Storni escribió tres cartas: Una para su hijo Alejandro. Otra para su amigo Gálvez pidiéndole que cuidara a su familia, y la tercera a la muerte.
A esta última la envió al diario La Nación, y esa misma tarde partió en tren hacia Mar del Plata.
La carta que envió al diario La Nación era un soneto en endecasílabos sin rima: Voy a dormir…

Dientes de flores, cofia de rocío,
manos de hierba, tu, nodriza fina
tenme prestas las sábanas terrosas
y el edredón de musgos escardados.
Voy a dormir, nodriza mía
acuéstame
Ponme una lámpara a la cabecera
Una constelación; la que te guste;
Todas son buenas; bájala un poquito
Déjame sola
Oyes romper los brotes…
Te acuna un pie celeste desde arriba
Y un pájaro te traza unos compases
para que olvides
Gracias
Ah, un encargo:
Si él llama nuevamente por teléfono
le dices que no insista, que he salido

En la madruga del martes 25 de octubre de 1938, en el Balneario La Perla de Mar del Plata, en plena primavera pero en medio de una tormenta despiadada, Alfonsina Storni se arrojó al mar desde la escollera. Uno de sus zapatos atascado entre las piedras quedó como testigo de su último paso.
Es probable que muriera por el golpe con el agua.
Eso ahora poco importa.
Si hay algo con lo que la muerte nunca podrá, es con lo que dejamos en la vida.
Una persona también es lo que de ella se recuerda. No importa cuántas sirenitas la lleven; o por más que se vista de mar.
Sabe Dios qué angustia te acompañó, qué dolores viejos calló tu voz, para recostarte arrullada en el canto de las caracolas marinas
La canción que canta en el fondo oscuro del mar, la caracola

Alejandro González Dago
En la Córdoba de la Nueva Andalucía
En la primavera de 2019

(1878/12/31 – 1937/02/19)

Obras seleccionadas
El crimen de otro (1904)
Historia de amor turbio (1908)
Cuentos de amor, de locura y de muerte (1917)
Cuentos de la selva (1918)
El salvaje (1920)
Las sacrificadas (1929)
Anaconda (1921)
El desierto (1924)
Los desterrados (1926)
Pasado amor (1929)
Suelo natal
Más allá (1935)

A finales del siglo XIX el matrimonio formado por Alfonso Storni y Paulina Martignoni, ambos de nacionalidad suiza, se unió a la ola de inmigrantes europeos que por ese entonces emigraban a la Argentina en busca de un futuro prometedor. Se instalaron en la ciudad de San Juan y allí nacieron sus dos primeros hijos. Sin embargo,
En esta época empieza a publicar sus primeros poemas en revistas locales pero muy pronto, cuando le faltan pocos meses para cumplir los veinte años, abandona Rosario y toma el tren rumbo a Buenos Aires: embarazada de un hombre casado y veinticuatro años mayor que ella, está decidida a empezar de nuevo en la capital argentina. Desde ese momento hasta su muerte, afrontará la vida como madre soltera pasando por alto los prejuicios morales de una sociedad hipócrita y estrecha.
Durante sus primeros años en Buenos Aires debe ajustar las exigencias domésticas y la crianza de su hijo a su incorporación al mundo literario; además trabaja, primero como cajera en una farmacia y en una tienda, y después como «corresponsal psicológico» en una empresa importadora de aceite de oliva. En 1916 aparece su primer libro, La inquietud del rosal; asimismo, consigue sus primeras colaboraciones literarias en Fray Mocho, Caras y Caretas, El Hogar, Mundo Argentino, que la ayudan a llegar a fin de mes y la estimulan intelectualmente. También establece amistad con reconocidos intelectuales de pensamiento socialista, como Manuel Ugarte y José Ingenieros, y empieza a recitar sus poemas en bibliotecas de barrio.
Estas ideas, en la década de los años veinte, y en Hispanoamérica resultaban realmente innovadoras..
En 1919 se hace cargo de una sección fija en la revista La Nota y más tarde en el periódico La Nación, en las que escribe de las mujeres y del lugar que merecen en la sociedad: «Llegará un día en que las mujeres se atrevan a revelar su interior; este día la moral sufrirá un vuelco; las costumbres cambiarán» (en «Cositas sueltas»). A menudo se refiere, no sin ironía, a la actitud de las mujeres huecas; por ejemplo, en «Diario de una niña inútil» habla de las vidas tediosas y superficiales de las caza-novios. Asimismo, escribe sobre el derecho al voto femenino —que las leyes argentinas no aprobarán hasta el año 1946— y cuestiona las pesadas tradiciones que les impide a la mayoría de mujeres a elegir un camino más allá del matrimonio. De hecho, en sus artículos adopta un periodismo combativo y en más de una ocasión enfatiza que lo primero que se tiene que hacer para cambiar la situación de las mujeres es romper con los tópicos, los arquetipos, los lugares comunes que la sociedad patriarcal espera de ellas y para ello las insta a demostrar que son seres pensantes. De allí que las mujeres de su tiempo se dividieran ante su actitud libre y desprejuiciada: unas la admiraban y otras la consideraban peligrosa. Es posible que sus artículos lleguen a desencantar a sus lectoras del siglo XXI, pero no se puede prescindir de estos ya que muestran sus convicciones feministas, muchas veces planteadas en formas heterodoxas, humorísticas e irónicas: llega a afirmar que incluso aquellas mujeres que justifican su rechazo al feminismo ya están siendo feministas.
A lo largo de estos años, Alfonsina trabaja intensamente: publica poesía, dicta conferencias y se desempeña como profesora en escuelas públicas, primero en el colegio Marcos Paz y la Escuela de Niños Débiles del parque Chacabuco y, más adelante, en el Instituto de Teatro Infantil Labardén y la Escuela Normal de Lenguas vivas. A partir de 1926 dispondrá también de una cátedra en el conservatorio de Música y Declamación donde impartirá clases de Arte escénico, mientras que por las noches dará clases de castellano y aritmética en Escuela de Adultos Bolívar.
A mediados los años veinte sufre una crisis de agotamiento físico y emocional debido al exceso de trabajo. Se le recomienda descanso absoluto y así comienzan sus reposos anuales en Mar del Plata y Córdoba. Pero esos reposos duran poco: Alfonsina necesita de su trabajo para vivir y sacar adelante a su hijo. No obstante, a pesar de sus crisis nerviosas y, sobre todo, gracias a su empeño, a finales de la década de los años veinte Alfonsina ha logrado convertirse en una mujer profesional consolidada en el mundo intelectual de Buenos Aires, un mundo dominado por hombres. Por aquel tiempo asiste ya a las reuniones y comidas del grupo Anaconda, con Horacio Quiroga (con quien llegó a compartir una intensa relación), Enrique Amorim, Emilio Centurión, etc. También participa activamente en las tertulias artísticas lideradas por Benito Quinquela Martín en el café Tortoni y en las del grupo Signo, realizadas en el hotel Castelar. En estas últimas conoce a Ramón Gómez de la Serna y a Federico García Lorca; allí también suele divertirse cantando algún tango o jugando al truco con sus amigos.
La obra poética de Alfonsina es el mejor legado para intentar comprender su vida, marcada por la lucha cotidiana. Sin embargo, pasó por un largo proceso de aprendizaje poético para realmente fundir la voz de la mujer moderna que ella era, con la voz interna de sus poemas. Sus primeros cuatro poemarios (La inquietud del rosal, El dulce daño, Irremediablemente, Languidez), publicados entre 1916 y 1920, todavía imitan el estilo romántico-modernista, herencia de sus lecturas rubendarianas y de otros autores modernistas como Amado Nervo; en ellos se respira la fragancia del lenguaje preciosista (cisnes, oro, perlas, lunas). La mayoría de sus poemas de esta época se ajustan al llamado «poema de amor», formato plagado de clichés anticuados y excesivamente románticos que en ese entonces prevalecían en la escritura femenina, la de las llamadas «poetisas», la forma común con que se designaba a las mujeres poetas para diferenciarlas de «los poetas», y una manera de colocarlas en un subgénero literario. En esos años no era común que la mujer escribiera pero, si lo hacía, debía ajustarse a las formas tradicionales sin sobrepasar los límites que dividían al amor ingenuo del deseo puro; en otras palabras, debían esconderse bajo expresiones sentimentales que no resultaran peligrosas para el público asustadizo. Aunque Alfonsina en esta primera etapa escribió dentro de este estilo particular, es justo decir que estos primeros poemarios nacen, ante todo, de profundos temas humanos, de experiencias vividas; en definitiva, poemas sinceros y autobiográficos (en «La loba», por ejemplo, hace alusión directa a su supuesta maternidad ilícita). Así, más que en lo artificioso y literario, Alfonsina ahonda en el vértigo del mundo emocional a la par de lo cotidiano (como en «Sábado» o «Tempestad»). El resultado: poemas de tono íntimo y doméstico donde también sobresalen temas transgresores como el deseo femenino que le valieron los más duros comentarios por parte de la crítica tradicional, la doble moral a la que está sometida la virginidad de la mujer («Tú me quieres blanca»), la igualdad erótica entre los sexos y el derecho de independencia de ellas («Hombre pequeñito»), la posición subordinada y el legado de silencio heredado por las mujeres («Bien pudiera ser»). Y, por supuesto, su constante obsesión por la muerte («Oh muerte, yo te amo, pero te adoro vida… », nos dice en «Melancolía»).
Por lo tanto, a pesar que adoptó este formato tradicional, deformó sus contenidos ideológicos para dar cabida a un nuevo modelo de mujer, una que, sí, en ocasiones se sometía al hombre y le esperaba con regocijo de amante, pero que también libraba batallas, se auto abastecía de las cosas de la vida, deseaba pieles y olores, experiencias, y aceptaba derrotas para luego erguirse soberbia y altiva ante las vicisitudes. Las contradicciones evidentes en estos poemarios tuvieron que ver con aspectos biográficos: aunque para entonces ya era una mujer independiente, también anhelaba ser amada (sus relaciones amorosas siempre fueron malogradas); en pocas palabras, ansiaba ternura y aceptación. El hombre será, en este sentido, el amado enemigo, y la sociedad, una entidad que no alcanzará a comprender su diferencia. Por eso su rebeldía, su subversión, la expresará por medio de la burla y la risa ácida («¿Qué diría?»). Sin embargo, a veces su excesiva sensibilidad traicionará su fortaleza y sufrirá, como ya se ha dicho, recurrentes crisis nerviosas causadas también por el exceso de trabajo.
El giro de su estilo poético comenzará a identificarse en Ocre, publicado en 1925 —a sus treinta y tres años— donde se muestra más introspectiva; el sufrimiento identificado en estos versos es menos estridente y sus autorretratos, irónicos. Como telón de fondo, toma fuerza la forma en que percibe la libertad de su cuerpo en una cultura conservadora; en una trilogía se atreve a elaborar una teoría sexual: «La rueda», «La otra amiga», «Y agrega la tercera». Para entonces ha descubierto que la causa de sus dolores no es el hombre sino ella misma; sospecha que este sólo le dará amor efímero e incomprensión y ha aprendido a aceptar este impasse entre las relaciones, la tiene sin cuidado porque precisamente vive su mejor momento: ha sabido salir adelante sola con su hijo (con quien mantiene una estrecha relación), es miembro de los grupos literarios y colaboradora de las revistas y periódicos más prestigiosos, es reconocida en las calles por sus lectores, aparece en reportajes y entrevistas de páginas enteras, se gana la vida ejerciendo su profesión de maestra, tiene buenos amigos y se ha ganado un lugar indiscutible en el ambiente cultural bonaerense. Se siente rodeada de aceptación y cariño, aunque algunos críticos todavía insisten en tacharla de inmoral.
Pero las cosas comienzan a cambiar a finales de esa década: su primera obra de teatro, El amo del mundo, estrenada en 1927, fue duramente criticada debido, entre otras cosas, a la mala interpretación que se hizo de las ideas feministas expuestas en ella. A los tres días se suspendieron las presentaciones y los cronistas la despedazaron; uno de ellos escribió: «Alfonsina Storni denigra al hombre». Ella, dolida e indignada, se defenderá en un artículo titulado «Entretelones de un estreno». Por otro lado, desde algunos años atrás, Alfonsina también recibía la crítica de la nueva estética argentina, es decir, los ultraístas en torno a la revista Martín Fierro, liderados nada más y nada menos que por un joven y talentoso Jorge Luis Borges. El Ultraísmo, que abogaba por un lenguaje metafórico donde la imagen era la protagonista absoluta, no podía tener afinidad con el estilo de Alfonsina, más inclinado a la confesión, hijo de la resaca modernista. Los martinfierristas a menudo la tildaron de cursi y se burlaron de ella en su famosa sección «Parnaso satírico». Su fracaso teatral y los dardos de la nueva generación de escritores fueron sin duda tragos amargos para Alfonsina.
No volvió a publicar otro poemario hasta 1934, nueve años después de Ocre. En los últimos años se había interesado por autores más contemporáneos y en 1930 y 1932 realizó viajes a Europa que le permitieron conocer el trabajo de la Generación del 27. Pronto descubrió una nueva forma de escribir, una más acorde a sus vaivenes interiores de ese momento. Así encarnó una metamorfosis maravillosa y evolucionó de «poetisa» a «poeta»: al fin la mujer liberada y la autora, ahora libre de su estilo anterior, se mezclaron en una sola voz. Mundo de siete pozos fue toda una revelación: Alfonsina adoptó una forma más visual de representar las emociones: juegos de imágenes dentro de un mundo precario e inestable, donde los pozos —ojos, oídos, boca, fosas nasales— por los cuales llega a nuestro cerebro la percepción del mundo son cargados de violencia y tensión; la angustia metafísica se convierte en la espina dorsal de los poemas («Agrio está el mundo, / inmaduro, / detenido»), una angustia que llega hasta nosotros por medio de representaciones de mariposas ebrias y mejillas musgosas. En este poemario también son recurrentes los motivos de ciudad: las avenidas, el transporte público, claras alusiones a la modernidad.
Cuatro años después, y un mes antes de su muerte, publica Mascarilla y trébol, donde culmina la aventura vanguardista aunque en el fondo de un abismo: en este último libro la realidad aparece rodeada de imágenes oscuras, a veces grotescas. Y esto se comprende teniendo en cuenta el momento biográfico por el que pasaba su autora: en 1935 se le diagnosticó un cáncer de pecho y debió someterse a una operación quirúrgica en la que perdió su seno derecho. El hecho de tener que pasar por una mutilación física para seguir viva, la marcó profundamente. En los dos años siguientes a la operación, presiente la cercanía de la muerte ya que su salud empeora de manera irremediable. Por lo tanto, Mascarilla y trébol, escrito en estado casi de trance ante la certeza de morir, tiene un tono de reconciliada despedida. Pero al mismo tiempo la arrinconan el dolor físico y la desazón anímica. No ayuda para nada que su amigo Horacio Quiroga, la hija de este, Eglé (a quien Alfonsina profesaba un cariño especial), y su enemigo literario, Leopoldo Lugones, hayan decidido quitarse la vida; Quiroga en 1937, Eglé y Lugones unos meses antes que ella.
Alfonsina, por lo visto, consideraba que el suicidio era una elección concedida por el libre albedrío: en un poema dedicado a Quiroga expresa su admiración por la valiente decisión del escritor. De esta forma, en octubre de 1938, se marcha a Mar del Plata, supuestamente a descansar. Una noche, después de unas horas de intenso dolor, llama a la asistenta de la pensión donde se hospeda y le dicta una carta para su hijo. En la madrugada del 25 de octubre, Alfonsina, de cuarenta y seis años, bajo una lluvia torrencial, se arroja al mar desde un espigón dejando como testamento un poema, «Voy a dormir», y una carta de despedida a su hijo Alejandro.

MUNDO DE SIETE POZOS
Se balancea
arriba, sobre el cuello,
el mundo de las siete puertas:
la humana cabeza…

Redonda, como dos planetas:
arde en su centro
el núcleo primero.
Osea la corteza;
sobre ella el limo dérmico
sembrado
del bosque espeso de la cabellera.
Desde el núcleo,
en mareas
absolutas y azules,
asciende el agua de la mirada
y abre las suaves puertas
de los ojos como mares en la tierra

…tan quietas
esas mansas aguas de Dios
que sobre ellas
mariposas e insectos de oro
se balancean.

Y las otras dos puertas:
las antenas acurrucadas
en las catacumbas que inician las orejas;
pozos de sonidos,
caracoles de nácar donde resuena
la palabra expresada
y la no expresa:
tubos colocados a derecha e izquierda
para que el mar no calle nunca,
y el ala mecánica de los mundos
rumorosa sea.
Y la montaña alzada
sobre la línea ecuatorial de la cabeza:
la nariz de batientes de cera
por donde comienza
a callarse el color de la vida;
las dos puertas
por donde adelanta
—flores, ramas y frutas—
la serpentina olorosa de la primavera.

Y el cráter de la boca
de bordes ardidos
y paredes calcinadas y resecas;
el cráter que arroja
el azufre de las palabras violentas,
el humo denso que viene
del corazón y su tormenta;
la puerta
en corales labrada suntuosos
por donde engulle, la bestia,
y el ángel canta y sonríe
y el volcán humano desconcierta.

Se balancea,
arriba,
sobre el cuello,
el mundo de los siete pozos:
la humana cabeza.

Y se abren praderas rosadas
en sus valles de seda:
las mejillas musgosas.

Y riela
sobre la comba de la frente,
desierto blanco,
la luz lejana de una luna muerta…

Red Imagen

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